El fútbol: las lecciones del 2026

por | Ago 4, 2026 | De Puño y Letra | 0 Comentarios

Hace más de quince días finalizó la vigésima tercera edición de la Copa Mundial de Fútbol. Es uno de los torneos más extraños en la historia del deporte mundial. El fútbol se colocó en el centro de la geopolítica, fortaleció diferencias entre países y evidenció la mercantilización de un juego.

El fútbol es un deporte noble que construyeron los participantes como una expresión para la competencia y lo llevaron de las calles a los grandes estadios. Ahora, gracias a la omisión y lucro de muchas federaciones y a la evidente ganancia comercial, el fútbol es un negocio que puede acabarse a sí mismo.

La Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) es una de las empresas más grandes del planeta; explota al deporte, jugadores y público. El Mundial de este año le trajo ingresos mayores a los 15 mil millones de dólares que pagan los aficionados de múltiples formas.

Foto: Municipio de Guadalajara.

Realizar una competencia en un país bajo la sombra de un político agresor, Donald Trump, lo convirtió en un asunto geopolítico. Ya sucedió con el mundial de Qatar, en 2022, pero ahora se acentuó más y afloró viejos vicios de la humanidad.

El Mundial 2026, que se suponía sería incluyente, con más equipos para abrir la puerta a aquellas selecciones que difícilmente llegarían en un torneo normal, excluyó a jugadores, árbitros, equipos y a una parte del público.

Este Mundial, el de la exclusión, generó los costos de entradas más altos de la historia y dejó fuera a las “personas comunes”. El fútbol, en el estadio, fue limitado para un grupo selecto de personas que, afortunadamente, pagaron el alto costo de la entrada.

Si en mundiales anteriores las transmisiones fueron acotadas, ahora se buscó que los restaurantes, cantinas y bares, donde las personas se reúnen regularmente a ver el fútbol, pagarán un extra pese al contrato de los servicios de las empresas transmisoras.

Si el fútbol es un deporte y un medio de socialización, de aprendizaje, colaboración e interacción, las fallas arbitrales, las dudas sistemáticas y evidentes apoyos a algunos equipos, advirtieron que “la justicia” se reconfiguró: no importan las reglas pues se pueden manipular y alterar de acuerdo con los intereses de la FIFA.

El aprendizaje de las infancias sobre el fútbol y este mundial no será el adecuado. El gran ídolo se convirtió en el villano tramposo y mentiroso apoyado por el organismo rector del fútbol.

Foto: De usuarios de redes sociales.

En plena edad de oro de las redes sociales, la virulencia y violencia se extendieron de forma desproporcionada y mezclaron nacionalismo, racismo y exclusión con una competencia deportiva.

Las personas se enfrentaron dentro del algoritmo mundialistas para advertir fallas y trampas; para ofender y discriminar; agredir y demostrar que el racismo y nacionalismo aún son profundos.

Las vergonzosas escenas, comentarios y narraciones de medios de comunicación electrónicos y en redes sociales, crearon una guerra virtual donde se exhibió lo más lamentable, y real, de nuestra humanidad.

Los dirigentes, personajes, jugadores y árbitros fueron exhibidos: los errores de éstos y las trampas de los otros demostraron que el fútbol ya no es un deporte noble. Sí, antes hubo trampas, pero la globalización de la comunicación, la posibilidad que nos da la tecnología para observar cada acción a cada segundo, transparentó cada hecho.

La tecnología, deficientemente utilizada e interpretada, fue inútil y contradictoria. El Video Assistant Referee (VAR) fue el gran derrotado y no sirvió de mucho ante participantes dispuestos a engañar al árbitro y a ofender y agredir a los rivales.

La arrogancia, trampas y violencia de unos jugadores llevaron a los internautas, necesitados de encontrar villanos y hogueras, a detestar –el verbo es muy sencillo- a “un país” que vive una de las crisis más grandes de su historia: Argentina. El país sudamericano perdió gran parte de su capital de confianza y respeto deportivo.

Foto: FIFA.

Argentina es un país marcado. Tardará en recuperar su imagen deportiva; será muy complicado que una parte del mundo deje de lado las percepciones sobre los jugadores de su selección.

El fútbol, para Argentina como para muchos países, es muy importante, pero las victorias no solucionan los problemas cotidianos: son un placebo.

Un presidente perdido en el universo, Javier Milei, decretó, en estos días, la expulsión o veto a extranjeros “que inciten al odio contra Argentina”, olvidando que las redes sociales no son la realidad física.

Aun cuando fue un exceso que la presidenta Claudia Sheinbaum exhibiera las declaraciones de un periodista argentino, que se refirió despectivamente a los mexicanos, estos hechos no deben llevar a México a modificar su perfil de refugio y destino, ni a la población a actos negativos.

Estadísticas del gobierno argentino señalan que en 2024, 161.085 mexicanos ingresaron y 160.067 salieron del país sudamericano y, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en México viven más de 21 mil argentinos. Allá residen alrededor de 8 mil mexicanos.

El fútbol es un juego, nació como un motivo para compartir, competir, disfrutar, mover emociones y generar solidaridad, sin importar la nacionalidad, color o raza. Hoy más que nunca, es un negocio y un tema geopolítico.

Hay que entenderlo, Gianni Infantino, el mercader, lleva al fútbol a su decadencia como deporte, pero a su cumbre como negocio. De ahí su intentó para “privatizar” lo privatizado.

No, no estoy en contra de que un negocio sea prospero. Pero cuando rebasa al mismo deporte y su esencia – el disfrute, el respeto por el otro, la competencia justa, la legalidad- por temas comerciales y políticos, también puede decaer ¿A quién le conviene?

Una buena lección del mundial de fútbol 2026 es que todavía se construyen espacios donde las personas ejercen su derecho a la felicidad, al disfrute con los otros, al encuentro en la calle para compartir la derrota o la victoria, seas de la raza, color, nacionalidad o credo que seas.

Las lecciones que nos deja el Mundial del 2026, son muy importantes: el fútbol no es una guerra, es un juego; puede ser un negocio donde todas y todos ganen; el deporte no debe derivar en violencia (digital o física).

Todos sabemos que, con alegrías o tristezas, tras el silbatazo final y unos cuantos días, hay una nueva oportunidad, así como en la vida; así como los partidos de fútbol que se juegan en el llano, en la calle, en el patio de la casa. Siempre hay una nueva oportunidad del disfrute y goce y eso es lo esencial del deporte, del fútbol.

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